República Checa, Praga, la bohemia de Europa imperial

Navidad en la ciudad de Praga en la Republica Checa, Czeck Republik
Ciudad misteriosa y romántica es la capital checa y ha logrado posicionarse entre los  destinos más atractivos de Europa. Pasar la navidad alli puede ser de lo mejor que hay en Europa. Las laberínticas calles de la Ciudad Vieja y los tesoros del Castillo de Praga a uno y otro lado del río Moldava unidos por el Puente de Carlos que une la Ciudad Vieja con Malá Strana Ciudad Vieja (Staré Mesto) y al otro la Ciudad Pequeña (Malá Strana) y las paredes del imponente Castillo de Praga.

El puente comenzó a construirse en 1357 y fue parte de los ambiciosos proyectos de Carlos IV, quien impulsó la expansión y engrandecimiento de Praga, junto con la creación de la primera Universidad. Pero el rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio Romano no vivió para ver su obra terminada. Aunque el puente es una galería a cielo abierto, con esculturas barrocas de santos a ambos lados (colocadas entre 1683 y 1714, aclaremos que muchas son copias y los originales están resguardados en el Museo Nacional de Praga), resulta que la de Nepomuceno es la más convocante.

Fue la primera estatua que tuvo el puente… de donde lo tiraron al río por orden de Wenceslao IV (el hijo y sucesor de Carlos IV). El puente ha servido para colgar a los ladronzuelos y comerciantes deshonestos y, en 1621, se convirtió en escenario de exhibición de las cabezas de los rebeldes ejecutados por luchar contra los Habsburgo. Parece que Nepomuceno –hoy uno de los santos más convocantes de Praga– era confesor de Sofía de Baviera, reina de Bohemia y esposa de Wenceslao. Celoso, el rey quiso saber qué secretos le contaba Sofía. El sacerdote se negó a revelarlos y Wenceslao no lo toleró.

Además de la estatua, en el muro del puente hay una cruz arzobispal que lo recuerda. Praga es conocida como “la ciudad de las cien torres”, “la ciudad dorada” o “la ciudad mágica”, sabe regalar lo que muchos viajeros van a buscar: una exquisita postal romántica sobre el Moldava; un laberíntico casco antiguo con una plaza vieja y un reloj –el del Ayuntamiento– que a cada hora ofrece un espectáculo mecánico al ritmo de las campanadas; mercadillos con souvenires de todos los colores y tamaños, los trdelnik (roscas dulces)

y las suculentas salchichas de diverso grosor para ir comiendo en el camino, bares donde la cerveza )circula con facilidad, es deliciosa y más barata que el agua o el jugo de naranja; leyendas de personajes cuyos espíritus aún parecen pulular por las calles –Franz Kafka, el Gólem del rabino Löw y varios músicos que hicieron historia como Smetana, Mozart y Liszt– y un enorme castillo que es, en realidad, una pequeña ciudad, con tesoros e historias salidas de cuentos de hadas. Praga tiene una historia enrevesada, fascinante, contradictoria.

Historias como la del Callejón del Oro, en Hradcany, junto al Castillo, donde en un principio se alojaron los guardias del rey Rodolfo II pero, más tarde, las diminutas casitas fueron ocupadas por orfebres y alquimistas que, cuenta la leyenda, trabajaban día y noche para intentar transformar el hierro en oro, y también para obtener la fórmula del elixir de la vida eterna. O los años negros del nazismo.

En un recorrido por Josefov, el barrio judío, pueden visitarse seis sinagogas y el cementerio, con más de 12.000 tumbas amontonadas, desordenadas. Las tumbas más antiguas datan del siglo XV. No deje de conocer la sinagoga Nueva Vieja (Staronová synagóga), la más antigua de Europa Central y donde, según dicen, descansa el Golem. Está justo al lado del Ayuntamiento judío, fácilmente reconocible por el reloj hebreo cuyas manecillas se mueven en el sentido contrario a las de los relojes convencionales. Parte de la milagrosa conservación del barrio, sus edificios y varios objetos que se exponen en los templos se explica, seguramente, porque Hitler tenía en mente construir en este lugar un “museo de las razas extinguidas”.

La era soviética terminó en 1989 cuando las manifestación en la Plaza Wenceslao –en 1348 oficiaba de mercado de caballos y en el siglo XX fue escenario de importantes acontecimientos históricos– dio lugar a la Revolución del Terciopelo, que derivó en la caída del comunismo. Ahora en Praga todos opinan sobre los pros y los contras de la futura incorporación del euro; el H&M y un local de Desigual están a metros de la Plaza Wenceslao. En el extremo de la plaza –tipo bulevar–, el Museo Nacional se impone de día y de noche. Praga tiene esos rincones en los que cada viajero cree haber encontrado su pequeño tesoro.

A la librería Kafka (Staromestske nám. 12), en un costadito de la Plaza de la Ciudad Vieja llegué por recomendación de una amiga que adora perderse entre libros y romántica papelería. Es turística, es cierto, pero sus estanterías seducen con libros en diferentes idiomas, bellas libretas ilustradas por Alfons Mucha, ediciones troqueladas para niños sobre sitios turísticos o leyendas de la ciudad y una atención amable. Otro amigo me recomendó detenerme un buen rato frente al Teatro Nacional y la fachada del hotel Europa. También llegué hasta El Rincón de Praga (Jilská 22), negocio multirrubro para turistas que hablan castellano. Lo abrió Jesús, un español, hace un par de años. Vende libros, souvenires, excursiones y toures en castellano, claro.

En el casco histórico, uno circula entre carruajes tirados por caballos, puestos de comidas al paso y vidrieras cargadas con marionetas, alhajas con piedras de granate engarzadas y delicadezas de cristal de Bohemia. Uno de los souvenires más populares son las mínimas limas para uñas de cristal; también hay una excesiva proliferación de matrioskas , que poco tienen que ver con lo típico del país checo y mucho con Rusia. Preste atención a la iglesia de San Nicolás, al Ayuntamiento de la Ciudad Vieja y a la iglesia de Nuestra Señora de Tyn. De estilo gótico tardío y fácilmente reconocible por sus dos torres afiladas, la iglesia de Nuestra Señora de Tyn es del siglo XIV, se construyó sobre una antigua iglesia románica.

Resulta curioso que su parte inferior haya quedado escondida entre casas y callejuelas. Cada hora, el Ayuntamiento concentra todas las miradas: es que allí está el Reloj Astronómico, el famoso reloj medieval. Construido en 1490, dicen que al maestro relojero Hanus lo dejaron ciego para que no pudiera repetir su genial obra. Cada vez que el reloj marca las horas, la gente se agolpa a sus pies esperando ver el desfile de los doce apóstoles y otras cuatro figuras: el Turco (simbolizando la lujuria), la Avaricia, la Vanidad (se mira en un espejo) y la Muerte (este último está representado por un esqueleto que tira de la cuerda y se inicia el desfile). Se puede subir a la Torre y obtener buenas vistas. A un lado y a otro del río Moldava, Praga ofrece recorrer una línea del tiempo, permite un viaje por los estilos arquitectónicos que fueron marcando diferentes épocas. Hay edificios románicos (como las iglesias en rotonda de los siglos XI y XII); góticos (la Catedral San Vito o la iglesia de Tyn); renacentistas, a partir de la llegada de los Habsburgo, que se ve en palacios como el Belvedere, de 1563; palacios e iglesias del barroco, de los siglos XVII y XVIII, como San Nicolás en Malá Strana, y una interesante proliferación de construcciones art nouveau y cubistas.

Ahora vamos cuesta arriba hacia el Castillo de Praga, complejo arquitectónico devenido en paseo turístico, pero que destina parte de sus edificios a oficinas gubernamentales. Aquí tiene su despacho el presidente checo y suele recibirse a los mandatarios extranjeros. Los alrededores del primer patio y de la Puerta de Matías (1614) son punto de concentración de los turistas atentos al cambio de guardia. El Palacio Real, el Loreto, las impresionantes bibliotecas –Teológica y Filosófica– del monasterio Strahov y la imponente Catedral de San Vito, cuya construcción se inició en 1344 sobre una antigua iglesia, y se extendió –guerras husitas de por medio– hasta los siglos XIX y XX. Preste atención a la Puerta Dorada, la tumba de San Wenceslao, los vitrales de Alfons Mucha, la cripta donde están las tumbas de Carlos IV y sus cinco esposas y la tumba de San Juan Nepomuceno, además de bóvedas, gárgolas y detalles arquitectónicos en general. Calle abajo, en Malá Strana, la iglesia barroca Santa María de la Victoria y San Antonio de Padua resguarda la figura del Niño Jesús de Praga. Ingreso al Castillo de Praga, 9 euros.

El ticket incluye acceso a la Catedral, a la iglesia San Jorge, al Palacio Real y al Callejón de Oro. Crucero de una hora por el río Moldava, 11 euros por persona. Los chicos de 3 a 11 años pagan 7 euros. Paseo de 3 horas con cena, entre 75 y 95 euros, según la ubicación de la mesa (www.prague-boats.cz). Tours Misteriosos por la ciudad. “Las oscuras sombras de la Ciudad Vieja”, 400 CZK (US$ 16,50) y “Praga esotérica más allá de las puertas del Castillo”, 500 CZK (US$ 20,50) por persona. Ambos recorridos son nocturnos (www.mysteriumtourpraga.com). Alquiler de bicicletas por dos horas, 180 CZK (US$ 7,40); City Tour de 3 horas, US$ 20 (www.webikeprague.com). Tours por la ciudad en castellano de tres horas de duración, 15 euros por persona; por el Castillo, 20 euros (4 horas); nocturno, 20 euros (www.elrincondepraga.com). Espectáculo de teatro negro “Visiones de Alicia”, 27 euros. Conviene reservar online con anticipación (www.tafantastika.cz). Moneda. Es la corona checa. Para comprar en los mercados callejeros necesitará efectivo. En las casas de cambio preste atención a la letra chica: algunas parecen ofrecer un cambio fabuloso o con tasas muy bajas… pero resulta que es sólo para cambiar grandes sumas de dinero. República Checa, praga, bohemia, europa, puente de carlos, Navidad




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